2
Mientras Drake volvía al puerto, dispuesto a entrar en algún local y conseguir allí la tripulación que deseaba y el navío que necesitaba, alguien lo llamó por su apellido por detrás, de manera que se giró para poder ver al poseedor de la voz que le había solicitado.
Megan se acercó a paso rápido, y Drake se dio cuenta que su ropaje ya no era el mismo que había llevado en el baile; ahora, su vestimenta consistía en unos pantalones ocres largos, pero ocultos por botas marrón oscuras que llegaban hasta sus rodillas, o quizás más, ya que éstas estaban dobladas hacia afuera. En la parte superior llevaba una camisa blanca de mangas anchas y un chaleco marrón. Llevaba su pelo moreno suelto, creando ondas y volumen por todo el cabello, ofreciéndole a la vista de cualquier persona que la mirara una elegancia sublime.
—¿Ahora qué quieres? —le espetó él, con una mueca de cansancio.
—Tranquilo —dijo ella, con una mueca de persuasión y acercándose a él—. Sólo he venido a proponerte algo.
Hawks levantó una ceja.
—¿Ah, sí? Procede, pues —pidió él.
—Puedo conseguirte una tripulación digna de ti —ofreció Megan.
—¿Y qué tripulación se supone que es digna de mí? —preguntó Drake, confuso por la explícita condición.
—La que sea más irresponsable.
Drake sonrió irónicamente a su hermana, y ella torció la sonrisa.
—¿Para cuándo tendrías lista la tripulación? —preguntó interesado Hawks.
—Mañana por la tarde te los presentaré a todos.
Drake alzó las cejas, sorprendido de que en tan poco tiempo se pudiese formar una tripulación.
—Está bien —aceptó él—, pero supongo que quieres algo a cambio —adivinó.
Megan sonrió y asintió con la cabeza.
—Quiero ir contigo —estableció la morena.
Drake volvió a alzar las cejas a modo de sorpresa.
—¿Qué?
—Quiero ir contigo —repitió Megan—. Sabes tan bien como yo que me necesitas.
—Es de mal fario llevar una mujer a bordo —negó él indirectamente, mientras se giraba hacia el puerto, dispuesto a encontrar él solo una tripulación.
—¿Y cómo vas a saber lo que hay que encontrar aparte del medallón y la llave? —preguntó ella, resignándose a dejarse ganar por su hermano.
Él se detuvo y se giró para hablarle.
—La profecía lo dice bien claro: “Dos cosas debes encontrar, usando dos objetos más; una llave para encontrar la Copa, y un medallón para encontrar el otoñal cabello” —recitó, aunque sin tener muy claro lo que había de obvio en esa profecía.
—Está bien —aceptó Megan—. ¿A qué se refiere con “otoñal cabello”? —cuestionó, para comprobar si su hermano lo tenía tan claro.
Drake se quedó callado. Esperaba que se le ocurriese algo que lo salvara de esa situación, pero lo que se le ocurría le delataría enseguida. Suspiró.
—De acuerdo. Acepto el trato —dijo, resignándose.
La morena rió, y después le preguntó dónde tenía pensado pasar la noche.
—Hem… —murmuró él, haciendo una mueca mientras se rascaba la nuca con su mano derecha, despeinándose el pelo—. La verdad es que no lo sé. Había pensado pasarla en el puerto.
—Pero, ¡él te está buscando! Te encontrará si pasas la noche en el puerto, Drake.
El señor Hawks levantó ambas cejas, en un gesto de decir: “¿Y qué propones que haga?”. Ella sonrió, y seguidamente le propuso pasar la noche en los establos, porque la señorita Preston sabía muy bien que su hermano y el señor Hawks no podían permanecer en la misma vivienda.
Mientras Megan acompañaba a Drake a los establos, le comentó dónde guardaba Dwight el ron, por si lo necesitaba en algún caso de extrema urgencia. El señor Hawks miró a su hermana extrañado por esa aclaración, pero al recibir como recibió la mirada de la morena como contestación, supo que su hermana estaba bromeando, y que lo que en realidad quería decirle era que, si él lo deseaba, podía coger el ron y beber, pero con un límite.
Después de presentarle a los caballos, la señorita Preston se retiró a la casa.
“Mañana será un día largo”, pensó la señorita Preston mientras salía de los establos.
El señor Hawks, a su vez, cogió unas unidades de paja y las apiló en una esquina del establo, la que más alejada estaba de los caballos y, a la vez, de la entrada al recinto. Cuando más o menos tuvo montada su cama, la miró con los brazos en jarra, la observó durante unos segundos, y después se giró para dirigirse donde había comentado Megan que Dwight guardaba el ron.
A la mañana siguiente, cuando el sol no estaba alzado del todo, creando así tonos naranjas y rojos por todo Plymouth Dock, dos hombres jóvenes salieron de un hostal situado al lado del puerto, y se dirigieron al muelle. Anduvieron por él hasta detenerse enfrente de un navío. Este estaba hecho de una madera que habían pintado de color rojo, y con letras negras en la popa estaban escritas las palabras “Ocean’s liberty”. Decorando el frente del barco había una silueta humana, con forma de mujer, la cual sostenía una concha de mar en sus manos, y la apretaba contra su pecho desnudo. La figura mostraba sólo la parte superior de la mujer, es decir, sólo hasta la cintura. Había un marinero a bordo, a quien los dos jóvenes se dirigieron al hablar, pidiéndole una audiencia con él. El marinero, vestido con unas mayas blancas, una chaqueta roja con bordados dorados y con un sombrero negro en la cabeza, aceptó la petición, haciendo subir a bordo a los dos jóvenes.
A su vez, en la casa de los Preston, Megan ya se había levantado y se había vestido con un atuendo parecido al que había llevado la pasada noche, cuando fue a detener a Hawks: unos pantalones largos hasta las rodillas, negros y con un cinturón ancho también negro, unas botas marrones dobladas hacia fuera y una camisa roja, con las mangas anchas y un ligero escote de pico. Llevaba también un chaleco negro. Su pelo creaba volumen y ondas por todo él, haciendo de su imagen todo un lujo para la vista. Sin embargo, sólo podía ponerse esta vestimenta cuando aún estaba amaneciendo o cuando estaba anocheciendo, ya que no era propio de una señorita como ella.
La doncella de los Preston le preparó rápidamente el desayuno a su señora, ya que sabía lo que hacía cuando no la veía nadie. Megan desayunó lo más rápido posible y, al acabar, se despidió de su doncella y salió de la mansión, en dirección al puerto. Estaba dispuesta a encontrar una tripulación para su hermano, y ella sabía que el mejor momento y el mejor lugar para encontrar piratas dispuestos a todo tipo de aventuras era antes del amanecer y después del anochecer en el bar marinero llamado “St. Peter’s dead”. Los piratas se ajustaban a este horario porque la guardia y los soldados sólo patrullaban aquel bar de día, pensando que los piratas no se darían cuenta a tiempo de su presencia, pero se equivocaban, o no del todo: los piratas que se adaptaban a este horario eran los más inteligentes, y por lo tanto, los únicos que aceptaban, mínimamente, a las mujeres como algo más que objetos. El local estaba situado en el muelle. El camino hasta él fue un poco largo, y cuando llegó, Megan anduvo hasta la barra, colocada delante de la entrada, al otro extremo, cruzando por lo tanto entre todas las mesas, redondas y de madera. Cuando llegó a la barra, le dijo algo al hombre de la barra, confidencialmente, mientras él limpiaba una jarra de cerveza con un trapo sucio. Cuando la señorita Preston hubo dicho lo que debía, el hombre con bigote asintió, y ella fue a sentarse a una mesa redonda como el resto, colocada por el centro del local. Había más hombres en el resto de mesas, pero muchos menos que por la noche, cosa que dejaba el bar muy vacío y tranquilo.
Entonces se abrió la puerta, dejando así entrar algunos rayos anaranjados y amarillentos por ella, iluminando así una parte del local. Los dos jóvenes que habían salido esa mañana del hostal aparecieron tras la puerta. Llevaban una vestimenta parecida a la de Megan, sólo que mucho menos elegante, mucho más gastada, y sucia. Uno de ellos llevaba un sombrero negro decorándole la cabeza, y el otro, en cambio, llevaba su pelo rubio recogido en una coleta y atado con una cinta negra, además de llevar también una chaqueta roja con bordados dorados, demasiado elegante para pertenecer a aquel hombre. Estos, al entrar en el local, cerraron la puerta tras de sí y se dirigieron a la barra, y como la señorita Preston anteriormente, hablaron con el barman confidencialmente. Durante su conversación, el de bigote señaló a Megan, causando que los dos jóvenes se giraran y la observaran. Agradecieron al barman la información y fueron a sentarse lejos de la mujer. La morena, que había estado observándolos, volvió a girarse al frente, viendo que había un hombre, un pirata, apoyado en la mesa con las manos, observándola.
—¿Desea algo? —preguntó la señorita Preston.
—Sí—contestó el pirata—. He oído que está buscando una tripulación. ¿Es eso cierto?
—Sí, así es —contestó ella—. ¿Quiere unirse a la tripulación, señor?
—Claro, estoy ansioso por comenzar —aceptó el hombre con barba pelirroja, al igual que el largo y enmarañado cabello.
Iba desaliñado, pero las ropas eran elegantes para pertenecer a la clase baja: llevaba unos pantalones negros, con botas también negras y dobladas hacia fuera, con una camisa blanca ancha y sucia, y una chaqueta color azul, con bordados dorados, parecida a la que llevaba uno de los dos jóvenes que habían entrado anteriormente al local.
“La habrá robado a algún capitán de la marina”, pensó Megan.
—¿Puedo saber su nombre, señor? —preguntó la joven.
—Todd, John Todd —contestó el hombre—. El nombre de mi capitán, ¿podría saberlo?
—Hawks, Drake Hawks.
El señor Todd asintió, y pidió información sobre dónde y cuándo se realizaría el encuentro. Megan le citó a las cuatro de la tarde en el muelle. Cuando el señor Todd se giró dispuesto a irse, la señorita Preston pudo ver su cinto, oculto debajo de la chaqueta, lleno de pistolas, cuchillos, y una espada.
A lo largo de la mañana, Megan pudo reunir la cantidad necesaria de piratas como para poder formar una tripulación. Cuando se disponía a irse, los dos jóvenes que habían entrado esa mañana en el local se levantaron de su mesa y se dirigieron hacia la mujer morena. Ella vio a los hombres acercarse, así que esperó a que se detuviesen delante de ella.
—¿Desean algo? —preguntó.
—Desearíamos hablar un momento con usted —contestó el joven con sombrero.
Megan aceptó y los tres se dirigieron al almacén del local, para poder hablar con tranquilidad.
Drake Hawks se despertó tarde. Aunque sea difícil de creer, al final había conseguido dormir cómodamente, en aquel establo. Eso sí, después de beber un poco de ron. La botella vacía se había caído de entre sus dedos, haciendo ruido al rodar por el suelo, y causando que el señor Hawks despertase. La luz del sol entraba en la estancia con fuerza, de forma que Drake, recién despertado, frunciese el ceño mientras se rascaba la nuca, revolviendo así su pelo castaño. Sus ojos se fueron adaptando a la luz, de forma que poco a poco, fue abriendo totalmente los ojos. Cuando ya se adaptó a la luz, se miró el ropaje, observando que aún llevaba el traje de baile.
Unos pasos se oyeron llegar. La silueta de una persona apareció delante del señor Hawks, la cual se agachó ofreciéndole la mano.
—Vamos, debes cambiarte, estás horrible —comentó Dwight, con una expresión amable.
Drake tomó el brazo de su hermano, quien le ayudó a levantarse.
—¿Tienes algo digno de mí, hermano? —preguntó Hawks.
—Por supuesto —contestó Preston—, tengo ropa muy vulgar.
Los dos hermanos se miraron y sonrieron, para después salir juntos del establo para entrar en la mansión.
Los hermanos llegaron al comedor justo cuando el cocinero ponía los platos en la mesa. La comida constaba de chuletas de cerdo y patatas horneadas y tomates como guarnición. En el centro de la larga mesa había colocado un gran bol conteniendo varios tipos de fruta. Al lado del bol de fruta, se podía observar una botella de vino tinto añejo. También había rodajas de pan colocadas una al lado de cada plato de comida. No había nada en ellos aún, ya que la comida se esparcía en diferentes platos por la mesa, para ofrecerles a los señores variedad y decisión.
La señorita Preston aún no había llegado, aunque eso no preocupaba a Dwight; él sabía bien que su hermana siempre se hacía esperar, no importaba dónde estuvieran; el baile de la otra noche, era un claro ejemplo de la costumbre de su hermana.
Antes de sentarse a comer, Dwight ordenó a una de las sirvientas llevar al señor Hawks a su aposento para intentar encontrar alguna ropa que le sentase bien. La sirvienta obedeció como debía hacerlo, y Dwight, de mientras, se sentó en la silla frente al ajedrez y observó la jugada que había quedado interrumpida la pasada noche, cuando Megan se hubo dado cuenta de la hora, comprobando así que llegaban tarde al baile.
Dwight era bastante tradicional. Le gustaban los bailes y la sociedad. Por el contrario, no le gustaba verse metido en asuntos ilegales, sobre todo a todo lo que se refería a la piratería. El señor Preston no aprobaba el libertinaje de los piratas. Pensaba que eran personas que no habían conocido la sociedad, y que la vida les había jugado una mala pasada. Creía eso hasta que su propio hermano se convirtió en pirata. Pero lo que le sorprendió completamente fue que su hermana se atreviese también a llamarse “pirata”. Ella era todo lo que una señorita de la sociedad debía ser, entonces, ¿por qué ese afán de convertirse en pirata? Ella era perfecta, la joven que desearían todos los hombres. Sin embargo, parecía no tener suficiente. Ella siempre hablaba de la libertad, de la indiferencia sobre la opinión de los demás. Ansiaba ser independiente, algo que a las mujeres no se les permite en esta sociedad. En cambio, en la sociedad de los piratas, se admitía ese deseo de libertad e independencia, aunque no en una mujer, al fin y al cabo. Su hermana sería la primera mujer pirata en surcar los mares, de eso Dwight estaba seguro, porque por muy señorita que aparentara ser, Megan era una gran espadachina. Él mismo le enseñó el arte de la espada, sus movimientos y sus ataques. La señorita Preston alguna vez se había atrevido a robar a algún pirata. Tanto es así su pasión por la piratería que se hizo coser ropa de hombre, pero con forma de mujer; era un ropaje muy extraño, nunca antes visto por Dwight, ni por cualquier otro hombre o mujer.
Drake, en cambio, era todo lo contrario a él. El señor Hawks ansiaba ser libre e independiente; era muy parecido a su hermana. Era el menor de los tres, pero sin embargo, era el más valiente del trío; se había atrevido a abandonar su casa, sus comodidades y su triunfo como señorito para convertirse en un pirata. No de los más temidos, ni por asombro, pero sí un pirata aventurero, precavido, y muy astuto. Dwight se maravillaba de las hazañas de su hermano, hazañas que él mismo no hubiese podido realizar. Drake conocía todos los peligros del mar y los continentes, y aun así, no mostraba temor, al menos, no siempre; él siempre decía que hay que temer a lo desconocido, hay que enfrentar a lo conocido, y hay que temer de nuevo al mejor amigo. El señor Preston no sabía de dónde había sacado eso, pero su aplicación era maravillosa; esa frase quería decir, básicamente, que hay que temer a lo que aún no conoces, pero también a lo prácticamente conocido, ya que algún día, eso tan conocido te puede dar una sorpresa desagradable; en cambio, a lo recién conocido, ¿por qué hay que tenerle miedo? No va a herirte, ya que aún no te conoce. Y así, con esta filosofía de vida, iba Drake por el mundo.
—¿Esperándome para comenzar? —se oyó preguntar una voz femenina.
Dwight se dio cuenta entonces que seguía mirando el ajedrez, así que retiró la vista de este y miró hacia atrás, en la dirección que había oído la voz.
Su hermana se acercó a él, vestida con un vestido ocre y el pelo recogido, como sería digno de una señorita.
—Te equivocas, Megan. No te espero a ti —contestó el señor Preston, haciendo una mueca con tal de burlarse de su hermana, y levantándose de la silla.
—Oh, así que ya has encontrado a una dama a la que poder invitar a comer —bromeó ella a cambio, colocando los brazos en jarra.
Él frunció el ceño, enfadado, acompañando al cruce de brazos.
—¡Estoy esperando a Drake! ¡No a una señorita! —exclamó, desviando la vista de su hermana.
La señorita Preston se sorprendió de la contestación de su hermano.
—Dwight… ¿Te das cuenta que siempre te hago esa pregunta, y nunca antes te has enfadado? —razonó ella. Dwight preguntó que qué quería decir con eso, ya que no entendía adónde quería llegar con su argumento—. Quiero decir que, si antes no te habías fijado en nadie, y me ignorabas, ¿por qué esta vez es diferente? ¿Te has fijado en alguien, finalmente? —aclaró ella.
—Una señorita no se incumbe en esos asuntos —advirtió Dwight como respuesta, pero, curiosamente, pensando en cierta señorita que conoció la pasada noche, en el baile…
—Estoy ridículo —se oyó decir al señor Hawks por detrás de los hermanos.
Estos dieron media vuelta para verle, observando a un joven con ropas más bien ajustadas. Las mayas blancas le quedaban estrechas, y la chaqueta azul le quedaba corta.
Drake siempre había tenido más musculatura que Dwight, además de ser ancho de hombros. Este último siempre había sido muy delgado, de manera que Drake nunca pudo heredar la ropa de Dwight porque le venía muy justa, a pesar de ser Hawks más pequeño en edad que el señor Preston.
Megan empezó a carcajearse del aspecto de su hermano, y Dwight, con un brazo cruzado en su pecho y el otro apoyado en este, formando así una “T” invertida para poder taparse ligeramente la boca con la mano, sonreía, ya que consideraba una falta de respeto reírse a carcajadas de alguien, aunque ese alguien fuese su hermano.
—A mí no me causa tanta gracia —señaló el señor Hawks.
—Lo siento —se disculpó el señor Preston, aún riendo—. Tendremos que hacer algo… No puedes ir con esa ropa.
—Buena observación —dijo Hawks, guiñándole un ojo a su hermano.
Megan se obligó a dejar de reírse, por respeto a su hermano mayor; a él no le gustaba esta falta de respeto, y ella lo sabía bien.
—Pues la mejor idea sería robarle el ropaje a cualquier guarda —propuso la señorita Preston.
—¡Megan! —la regañó Dwight.
—Tranquila, te regaña porque sabe que es la única solución —le dijo Drake a su hermana, en una especie de susurro.
—¡Drake! —volvió a regañar Dwight.
—Es verdad, y lo sabes —le señaló Hawks, alzando el dedo índice hacia el señor Preston—. Voy a por un traje. ¿Tenéis guardas por aquí?
—¡Drake! —regañaron, esta vez, los dos hermanos Preston.
—Señor —llamó una sirvienta, la cual había estado presente desde que Megan había entrado en el salón—, aún tengo ropas de mi difunto hijo, y me parece que el señor y mi hijo usaban la misma talla.
Los hermanos se miraron entre ellos, y el señor Preston pidió a la doncella de pelos canos que fuese a por los ropajes. Cuando la sirvienta volvió con la ropa, el señor Hawks se retiró a una habitación con tal de vestirse en privado. Al cabo de unos minutos, volvió a hacer su aparición en el salón, y esta vez, con ropa de soldado, ya que el hijo de la anciana doncella había sido militar; de hecho, fue la causa de su muerte. Esta ropa le sentaba muy bien al señor Hawks, y por este hecho, los tres hermanos pudieron por fin sentarse a comer.
Por la tarde, Dwight se dedicó a la hípica, paseando por sus nuevos terrenos y entrenando los caballos para las competiciones que se celebraban anualmente. De mientras, Megan fue al encuentro de su hermano, ya que el señor Hawks había salido a admirar el agua del lago, o eso había comentado. La señorita Preston llegó al lado de Drake, mientras este lanzaba pequeñas piedras que encontraba en el suelo al agua.
—¿Cumpliste tu parte del trato? —preguntó Hawks, dejando de tirar piedras y mirando a su hermana con aspecto cansado.
—Efectivamente. Pero la cuestión es: si te presento a tu tripulación, ¿tú cumplirás con tu parte del trato? —dudó Megan.
Drake abrió mucho los ojos, y después se señaló a sí mismo.
—¿Cómo puedes dudarlo, hermosa hermana? —ironizó luego. A la señorita Preston no le hizo gracia la broma de su hermano, y le miró con reprimenda. Drake le miró a cambio—. Hice la promesa, y además, sabes que te necesito. ¿Por qué lo preguntas? —admitió, cogiendo otra pequeña piedra y lanzándola al lago.
—No lo sé, puede que me acordase de cómo incumpliste la promesa que hiciste a nuestro padre…
El señor Hawks se giró hacia su hermana, con el rostro deformado.
—Aquello fue un error que no volveré a cometer, de eso puedes estar segura —dijo enfadado. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la ciudad—. Vamos, me tienes que presentar a mi tripulación.
La señorita Preston se quedó en el mismo sitio sin moverse durante unos segundos, mientras observaba el paso rápido y enfadado de su hermano. No se arrepentía de lo que había dicho.
Él tenía la culpa de todo. Su madre había muerto por su culpa, y ella nunca se lo perdonaría. O, quizás, si conseguía salvarla, quizás entonces le perdonara.
En cambio, Dwight no se lo tomaba en cuenta.
“¿Pero es que no se da cuenta?”, pensaba Megan.
Ella sabía que la culpa era del menor de los Preston, y también lo sabía Dwight, pero él lo negaba. Se oponía a culpar a Drake de todo. Después de todo, siempre había querido con locura a sus hermanos, y era incapaz de culparles de algo, a los dos, aunque fuesen culpables.
Drake ya había hecho medio camino casi, así que la señorita Preston corrió para alcanzarle.
Se dirigieron hacia el muelle, llegaban tarde a la cita con los demás marineros.
Les fue difícil identificar a sus futuros compañeros de travesías, ya que el muelle rebosaba de vida. Había comerciantes trasladando sus productos de sus navíos a tierra, ayudados por los empleados del muelle. Había algún que otro oficial vigilando la llegada de piratas, y algunos protegiendo sus respectivos barcos. Los hombres iban y venían, al igual que los barriles y las cajas.
Drake iba rápido, aunque no sabía dónde ir. En cambio, Megan iba despacio, como lo haría una dama. Varios hombres aflojaban la marcha para así poder observarla, o bien a ella o bien a su vestido, pensando cuánto costaría y los beneficios que podrían obtener si lo tuvieran en su poder. La señorita Preston vislumbró al señor Todd a lo lejos, cerca del bar donde se habían conocido aquella misma mañana. La morena cogió del brazo a su hermano y tiró de él hacia ella, y cuando lo tuvo al lado, se acercó a su oreja y le dijo algo señalando hacia el señor Todd. El señor Hawks asintió y los dos hermanos se dirigieron hacia su nueva tripulación.
John Todd buscaba con la mirada a la mujer que le había citado allí. Llegaba tarde. Buscaba con la mirada por encima de las cabezas de sus compañeros y de los mercaderes, cuando vio a la mujer, pero vestida de forma muy distinta de como la había conocido: llevaba un vestido ocre precioso, haciendo así destacar el tono de su piel, al igual que su pelo, recogido en un cuidadoso peinado. Iba acompañada de un joven, un crío de unos veintidós o veintitrés años, castaño, musculoso y vestido con una chaqueta roja con los botones dorados y las solapas negras, unas mayas blancas y botas altas negras. Iba vestido como un militar. Llevaba el pelo recogido en una coleta, pero no llevaba sombrero, como se había imaginado el señor Todd al ver la vestimenta del joven. En la cintura, llegó a ver un cinto y una espada en él.
Los dos hermanos llegaron al lado de su tripulación, los cuales se pusieron en fila, uno al lado de otro. Megan los observó a todos con cuidado, pero desde la distancia, vigilando así que se hubiesen presentado todos.
—Están todos —le susurró a Hawks cerca de su oreja, cuando hubo comprobado que ni había menos, ni había más piratas de los que había contratado.
Después de todo, eran fiables.
—Bien, señores, yo soy Drake Hawks, vuestro capitán. Pero debo preguntaros algo: ¿estáis dispuestos a arriesgar vuestra vida durante nuestras travesías? —varios “sí” contestaron a la vez—. Bien, porque durante nuestra travesía nos enfrentaremos a situaciones mortales, y a enemigos deseosos de venganza. ¿Quién está conmigo? —todos los hombres contestaron con un “yo”, pero Drake volvió a preguntar, diciendo como excusa que no les había oído bien, y otra vez los “yo” se elevaron por encima de los marineros allí presentes—. Bien —susurró Hawks. Después se acercó a su hermana y le habló cerca de la oreja—: ¿Dónde has dejado el navío?
Megan miró a su hermano con expresión sorprendida.
—¿No tienes navío? —murmuró.
—¿No me has conseguido uno? —preguntó Drake, también murmurando.
—¿Cómo iba a saberlo? —murmuró de nuevo la señorita Preston.
Drake se giró para mirar a los hombres, los cuales los miraban con curiosidad.
—Nuestra primera tarea será robar un navío —estableció Drake.
—¿No tiene un barco? ¿Qué clase de capitán es usted? —se quejó Benjamin Lock, un hombre moreno, de unos cuarenta años, con el pelo largo hasta la altura de los omóplatos y con un delgado bigote.
El señor Hawks sacó con rapidez y habilidad su espada, y colocó la punta de esta en la garganta del señor Lock.
—Soy de esa clase de capitanes que no se dejan expuestos ante su tripulación —contestó Hawks.
—Mi capitán —se oyó decir a una voz joven—, yo dispongo de un barco.
Drake dirigió su mirada hacia donde había oído la voz, y anduvo hacia el joven con sombrero negro.
—¿Dispones de un barco, dices? —repitió Hawks.
El chico asintió.
—Estoy dispuesto a ofrecer mi navío, pero con una condición.
Los dos hombres quedaron en silencio.
El señor Hawks pensaba en cómo aceptar esa condición sin ser el hazmerreír de su tripulación, y el otro esperaba que la respuesta de su capitán fuese afirmativa.
—Procede —pidió Hawks finalmente.
—Quiero el camarote del capitán —demandó el joven moreno.
—¿Sólo eso? —preguntó Drake. El joven asintió—. Está bien. ¿Cuál es tu navío, marinero? —el joven dio media vuelta y buscó el navío pintado de rojo. Al encontrarlo, lo señaló con el dedo índice y pronunció el nombre del barco: “Ocean’s liberty”—. ¿Cuál es tu nombre, compañero? —preguntó Hawks.
—Dryton, señor. Shane Dryton —Drake asintió, y cuando se disponía a marcharse, el señor Dryton le llamó. Hawks se giró hacia él como contestación—. Mi hermano y yo compartiremos el camarote.
—¿Y quién es su hermano? —preguntó el señor Hawks.
—Mi nombre es Allan Dryton, señor —contestó un joven rubio y vestido con una chaqueta roja.
—Bien. Cojan todo lo necesario, zarparemos esta noche —estableció el capitán Hawks, mientras él y su segunda de a bordo se retiraban en dirección a la mansión Preston.
No hay comentarios:
Publicar un comentario