INTRODUCCIÓN
En la pequeña ciudad costera de Plymouth Dock, Inglaterra, bajo el decorado techo del gobernador Gaverts, se volvían a oír gritos formando una nueva discusión.
—¡No puedes negarte a casarte, Shirley! —volvía a repetir el gobernador, levantándose de su silla acolchada, la última moda proveniente de Francia.
—¿Por qué? Puedo vivir sin depender de la riqueza de algún vulgar noble —se defendió la castaña, moviendo su cabeza hacia el pretendiente que estaba esperando al otro lado del muro del despacho del gobernador, causando así que los rizos botaran sin parar.
—Shirley, sabes muy bien que te equivocas. ¡Somos los hombres los que tenemos la riqueza, y consecuentemente, la obligación de mantener a las mujeres! Según la ley, no puedes heredar mi fortuna a menos que estés casada.
—Eres el gobernador, ¡cambia ésa ley! —demandó la joven.
El gobernador deseó quitarse la blanca y larga peluca para tirarla al suelo y después pisotearla, para así conseguir tranquilizarse un poco más.