INTRODUCCIÓN
En la pequeña ciudad costera de Plymouth Dock, Inglaterra, bajo el decorado techo del gobernador Gaverts, se volvían a oír gritos formando una nueva discusión.
—¡No puedes negarte a casarte, Shirley! —volvía a repetir el gobernador, levantándose de su silla acolchada, la última moda proveniente de Francia.
—¿Por qué? Puedo vivir sin depender de la riqueza de algún vulgar noble —se defendió la castaña, moviendo su cabeza hacia el pretendiente que estaba esperando al otro lado del muro del despacho del gobernador, causando así que los rizos botaran sin parar.
—Shirley, sabes muy bien que te equivocas. ¡Somos los hombres los que tenemos la riqueza, y consecuentemente, la obligación de mantener a las mujeres! Según la ley, no puedes heredar mi fortuna a menos que estés casada.
—Eres el gobernador, ¡cambia ésa ley! —demandó la joven.
El gobernador deseó quitarse la blanca y larga peluca para tirarla al suelo y después pisotearla, para así conseguir tranquilizarse un poco más.
—Mi esposa y yo te rescatamos, te dimos una vivienda y alimento, ¿y tú nos lo pagas de este modo? —se quejó el hombre, sabiendo que así su ahijada se rendiría.
—¡No! —exclamó Shirley, dándose la vuelta y caminando hacia el otro lado de la habitación, haciendo que resonaran sus pasos a causa de los delicados zapatos de tacón procedentes de Londres, además de hacer sonar su vestido color champán delicadamente mientras éste se deslizaba por la alfombra carmesí—. No voy a casarme —declaró Shirley, girándose hacia su tutor, para salir luego del despacho con dirección a su aposento.
Por su parte, Howard Gaverts tuvo que indicar al pretendiente de Shirley que ella no deseaba casarse en estos momentos, ya que no había sido enseñada de tal modo. El joven noble lo entendió, y se fue en paz, prometiendo que esta situación no influiría en la relación que tenía su padre con el gobernador. Más tarde, Howard Gaverts se reunió con su esposa para hablar de esta situación, ya que en opinión del señor Gaverts, ésta había durado demasiado.
Mientras el señor y la señora Gaverts discutían sobre el tema en el despacho del gobernador, un joven aprovechaba para trepar por las enredaderas de la esposa de Howard Gaverts, la cual llevaba directamente al dormitorio del matrimonio. Las desgastadas botas del joven aterrizaron suavemente sobre el suelo recubierto de alfombras, ayudando a su sigilo. El castaño de pelo medianamente largo empezó a hurgar por los cajones en busca del medallón y la llave que tanto tiempo llevaba buscando. Cuando hubo revuelto todos los cajones, empezó con los armarios, y cuando acabó con estos, buscó por los alrededores de la cama y por debajo de ella. No encontró nada. Las voces del gobernador y su esposa aún se oían lejos.
“Por lo tanto, siguen en el despacho”, supuso Drake Hawks, mientras pensaba dónde podría haber escondido un gobernador un medallón y una llave.
Audrey, que había estado escuchando la discusión que se estaba llevando a cabo en el despacho, entró en el aposento de Shirley y se arrodilló delante de la castaña, ahora con el pelo suelto por la espalda y el traje para dormir puesto. Audrey, en cambio, aún llevaba el vestido y el peinado que había llevado durante el día.
—Shirley, debes elegir un marido —le suplicó la rubia, mirándola con preocupación a los ojos—. Si no lo haces tú, nuestro padre te comprometerá con un noble sin tu consentimiento, ¡y eso es horrible!
Shirley perdió su mirada en el suelo. ¿De verdad iba a consentir que la obligaran a casarse de esa forma?
—No puedo seguir así, Audrey —su hermana la miró con preocupación.
Audrey sabía cómo era Shirley, por lo tanto, podía adivinar lo que estaba pasando por su cabeza ahora mismo.
—Entonces, ¿te irás? —le preguntó finalmente.
Los labios de la castaña se unieron en una fina línea mientras asentía. La rubia bajó la cabeza entristecida.
—Audrey, sabes que no pertenezco a la nobleza, y tal y como soy yo, nunca podré adaptarme a ella, por muy cómoda que sea. Y tal y como es nuestro padre… Nunca me dejará irme, al igual que nuestra madre —relató Shirley.
—Lo sé. Siempre lo advertías, pero nunca pensé que llegaras a hacerlo —confesó Audrey, volviendo a mirar a su hermana—. Pero, ¿vendrás al baile de mañana? —preguntó, casi suplicándole.
—Claro —le concedió Shirley—. Pero a cambio, pido que me hagas una última lectura.
Audrey sonrió, transmitiéndole a su hermana que lo haría encantada.
Mientras Drake Hawks seguía buscando desesperado el medallón y la llave, el señor y la señora Gaverts habían acabado la reunión, y se dirigían a su habitación, pero de tal forma que hasta que el gobernador no abrió la puerta, Drake no se dio cuenta de este hecho.
El gobernador entró en la habitación con un candelero en la mano, cuando le pareció ver movimiento a su derecha, por lo que se giró hacia esa dirección.
—¿Se puede saber qué hacéis vos aquí? —preguntó el señor Gaverts.
El joven que había estado arrodillado en el suelo con un trapo en las manos se levantó en cuanto oyó la pregunta, y respondió con educación:
—Perdonadme, milord, pero he visto una mancha en el suelo y no me he podido resistir. No podía consentir que en los aposentos del gobernador y su esposa hubiera una mancha bajo las alfombras.
El señor Gaverts aceptó la excusa, y se fijó en la ventana abierta.
—Decidme qué hace la ventana abierta, señor…
—Dryton, milord —completó Drake, aunque no fuese su verdadero apellido. Debía conservar su identidad oculta, sino, estaba muerto—. Bueno, la verdad es que aquí dentro hacía calor, y decidí abrir la ventana para que la habitación se refrescara un poco… —relató, contestando a la pregunta del gobernador.
—Entiendo, pero vos sabéis que, en esta casa, se cierran todas las ventanas y puertas con llave en cuanto cae la noche, señor Dryton. No quiero que este error se vuelva a repetir —ordenó Howard Gaverts.
Drake asintió y se disculpó. Como última orden, el señor Gaverts mandó a Drake a dormir, y le recordó que al día siguiente debía acudir al baile.
Drake Hawks asintió de nuevo y salió del cuarto cerrando la puerta tras de sí. Después de maldecir al destino, buscó una habitación vacía donde poder quedarse a dormir. Por suerte, encontró una cama vacía en una de las habitaciones del servicio. Mientras se concentraba para conciliar el sueño, volvió a vislumbrar, ya en sus sueños, el medallón colgando del cuello del gobernador y la llave colgando del cuello de su esposa.
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