3
El cielo se había cubierto de estrellas cuando Megan y Drake despertaron. La luz de la luna llena se filtraba por las ventanas abiertas de las habitaciones de la mansión Preston, y en la casa reinaba el silencio. De vez en cuando, se oía un pájaro cantar, y algún que otro caballo remugar. Los hermanos se despertaron —ya que habían decidido dormir un poco antes del viaje—, cada uno en un aposento distinto. A Drake le habían conseguido ropa más cómoda, y se la habían preparado en el escritorio; a Megan, le habían preparado un ropaje de los que sólo ella utilizaba, y le habían preparado también un baúl con todo lo necesario para un viaje. El señor Hawks se levantó de la mullida cama y se vistió con la ropa que había preparada, y después se colocó el cinto, con todas las armas que llevaba en él. La señorita Preston, en su habitación, se dio un baño, su doncella la peinó, y después la ayudó con la ropa. Cada minuto que pasaba, la morena se arrepentía más de su decisión. Pero tenía que ser valiente; debía salvar a su madre.
—¿Megan? —se oyó demandar a una voz debilitada, masculina y anciana.
—¡Padre! ¿Qué hace aquí? Debería estar en la cama… —le regañó Megan, acercándose al anciano apoyado en el marco de la puerta y ayudándose de un bastón de madera.
—No, Megan… —se quejó el anciano—. Tu hermano está aquí, ¿verdad? —preguntó con esfuerzo.
Se veía que le costaba hablar, no vocalizaba y arrastraba las palabras. Además, su bigote blanco no dejaba ver bien los labios, de manera que era muy difícil entenderle.
Megan, mientras se pasaba el brazo en el que el anciano no llevaba el bastón por su cuello, suspiró cuando su padre le preguntó por su hermano.
—Padre… No puedo creer que quieras estar cerca de él después de lo que hizo —expresó la señorita Preston, acompañando a su padre a su aposento, con la ayuda de su doncella.
—¡No! —exclamó su padre, con la voz desgastada, quebrada—. Él no hizo nada, fui yo. Megan, quiero ir con él —exigió.
—Ahora no, padre. Necesita dormir, y por eso le llevamos a su cama para que…
—¡No! —volvió a exclamar con un tono que no podía llegar al grito—. Es mi hijo, Megan, es mi hijo… —se lamentó el anciano.
La señorita Preston se detuvo entonces, y miró a la doncella que la acompañaba, con una expresión apenada.
De mientras, el señor Hawks estaba sentado en una silla acolchada, analizando un mapa que había colocado sobre el escritorio. Trazaba líneas y rutas con el objetivo de llegar lo más rápido a Tortuga, pero había llegado a un problema: los hombres se quejarían enseguida si el objetivo de aquella travesía era quedarse en la isla, aunque el objetivo no fuese ese, exactamente. Hawks debía encontrar la llave y el medallón, y mientras lo hacía, debía esconderse de Connor Gray.
Drake levantó la vista del mapa al pensar en Gray. Mientras miraba la pared frente a él, dirigió la mano izquierda a su cinto, y no la detuvo hasta poder tocar la funda donde tenía guardada la espada. Hawks había pensado en devolverle la espada a su dueño, y así quedar en paz. Pero Connor Gray no era de esa clase de hombres. Gray le torturaría hasta que, a su parecer, el señor Hawks hubiese recibido su merecido. Y después de torturarle, lo mataría, o si no, lo abandonaría en un islote para que muriese de hambre y sed, o ahogado si subía la marea y la isla era muy pequeña.
El sonido de la puerta le asustó. Por un momento pensó que Gray le había encontrado, pero al ver la cabeza de su hermana asomarse por la puerta, se tranquilizó.
—¿Has acabado? ¿Podemos irnos? —preguntó, levantándose de la silla y recogiendo el mapa.
—No, Drake —contestó su hermana.
El señor Hawks frunció el ceño, extrañado de la respuesta. Entonces, la señorita Preston abrió totalmente la puerta, dejando ver a un anciano apoyado en ella, y una doncella al otro lado del anciano. Se quedó tan perplejo que no pudo moverse del sitio.
Se veía en las facciones del padre la ilusión de poder estar con su hijo, y sus ojos, aunque no pudiesen ver, brillaban de tal forma que podía hacer llorar hasta al hombre más fuerte del mundo.
El anciano avanzó hacia su amado hijo, abriendo débilmente los brazos. Drake, con los ojos cristalinos, avanzó también hacia su padre, y cuando estuvo lo bastante cerca, fue su padre quien le abrazó. Drake cerró los ojos, dejando que una lágrima se escapase, y apretando delicadamente a su padre contra su cuerpo.
—Eres tú de verdad, hijo mío… —agradeció el anciano.
No podía ver nada, pero la estética del cuerpo de su hijo la hubiese reconocido en cualquier parte.
—Padre… Perdóname —se lamentó Hawks.
Su padre se retiró de él, y alzó las manos hacia el rostro de su hijo. Cuando palpó su mejilla, echó para atrás el brazo y le pegó una bofetada.
—¡No vuelvas a lamentarte! No fue culpa tuya —le regañó—. Tu madre murió por mi culpa. Y como vuelvas a mencionar el tema, te juro que te mandaré matar.
Un sorprendido Drake miraba a su padre con una mano en la mejilla dolorida.
—Drake —le llamó la señorita Preston, causando que se girara para mirarla—, debemos irnos.
Hawks miró hacia abajo durante un momento, y después alzó la cabeza para mirar de nuevo a su hermana. Asintió, y se colocó el mapa en el cinto.
—¿Adónde vais? —preguntó el anciano, con expresión apenada.
—Adiós, padre. Voy a salvarles, a los dos, se lo prometo —se despidió el señor Hawks, besando la frente de su padre.
—Primero sálvate tú, hijo mío —le pidió su padre. Después, el anciano dio media vuelta, y se dirigió a su hija al hablar—: Megan, cuídate tú también. Protegeos mutuamente —demandó.
La señorita Preston giró a su padre hacia ella, ya que el anciano estaba mirando a la pared cuando había hablado.
—Lo haremos, padre. Te quiero —confesó, besándole también la frente.
Los hijos del señor Preston trataban a su padre de usted, pero en frases o sentimientos más íntimos, siempre le habían tratado de tú.
Megan ordenó a un sirviente llevar su baúl al barco, y también ordenó que no la acompañase nadie. Tenía un poco de miedo de estar sola con tantos hombres, pero debía ser valiente, y confiar en el capitaneo de su hermano.
Dwight quiso acompañarles hasta el muelle, a lo que Drake se mostró un poco reacio. Pero sólo era apariencia; Hawks siempre había querido mucho a sus hermanos, pero sobre todo al mayor. Adoraba a su hermano Dwight, pero le gustaba meter cizaña sacándole de quicio. No por eso quería decir que no quisiese a Megan, sólo que ella era una chica. Drake siempre había sido un poco machista en el fondo, y la mentalidad de su hermana no le gustaba, y además, de la forma que era ella no podía hacerle bromas, o quitarle sus vestidos y su maquillaje y que se pusiese a llorar. Ya lo había intentado de pequeño innumerables veces, pero ella, en vez de llorar y reclamar a sus padres, había mirado a Drake a los ojos y, en una orden seca, había ordenado que le devolviese lo que le había quitado. Hawks no había podido resistirse, ya que esa actitud le daba miedo, y entonces era él el que, llorando, iba a reclamar a sus padres.
Sin embargo, cuando se trataba de dejar a su hermana ser la segunda de a bordo, Drake se enorgullecía de ella, y sabía que haría un buen servicio, que se mantendría valiente y firme ante toda situación.
—Ese es el barco —señaló la señorita Preston al llegar delante del navío con sus hermanos, sacando así al señor Hawks de sus cavilaciones.
Efectivamente, estaban ante el “Ocean’s liberty”, el barco del que ejercería Drake de capitán, y Megan de segunda de a bordo.
—Bien, pues, supongo que sólo me queda desearos suerte —definió Dwight, con las manos unidas en su espalda.
El señor Preston y su hermana se abrazaron mientras se despedían, y el señor Hawks, miraba el barco. Era realmente hermoso, y se preguntó dónde lo habría conseguido aquel joven… ¿Cuál era su nombre?
—Capitán —le llamó la señorita Preston.
Él se giró y vio que su hermano le estaba esperando para despedirse de él.
Drake apretó la mano que Dwight mantenía en horizontal ante él, mientras el señor Preston le deseaba suerte.
—Le he pedido a nuestra hermana que cuide de ti —le dijo el mayor al menor en un susurro.
El menor torció la sonrisa mientras soltaba la mano del mayor, y junto a su hermana, se puso de camino hacia el barco.
—Megan —llamó Hawks, con la duda aún vigente—, ¿cómo se llamaba el joven que nos prestó el navío?
—Shane Dryton —contestó su hermana—. ¿Lo preguntas por algo especial?
—No, sólo quería recordarlo —se excusó.
¿De qué le sonaba ese apellido? Dryton…
“¡Claro!”, exclamó en su fuero interno, recordando el apellido que se había inventado para presentarse ante el gobernador Gaverts y su esposa. Recordó entonces que había oído el apellido en un local, durante una de sus borracheras. Le vino a la mente la imagen de dos hombres hablando, con la triste iluminación de una vela, que se iba consumiendo rápidamente durante su plática.
—Dicen las historias que la tripulación del capitán Dryton son malditos, hombres malditos, reencarnados de Egipto. Cuenta la leyenda que Dryton y sus secuaces forzaron a una sirena por turnos, porque sabes lo que dicen de las sirenas, ¿verdad? —contaba un pirata, con barba cana.
—Sí, dicen que a una sirena le desaparece la cola substituyéndola por piernas en cuanto toca tierra —contestó el otro, moreno, con pelilla y el pelo largo.
—Sí —afirmó el primero que había hablado—, pues los piratas forzaron a la criatura, pero la sirena no murió, como el resto de mujeres en su misma situación; escapó al mar, y avisó a todas sus compañeras. Las sirenas rodearon el barco. Eran millones. Pero no mataron a la tripulación —explicó.
—¿Entonces, qué les hicieron? —preguntó ansioso el segundo.
—Les condenaron a vagar por las aguas, sin poder tocar tierra nunca. Cada día mueren de hambre y de sed, sufren esa agonía, pero al día siguiente despiertan de nuevo, con el hambre y la sed de la que murieron el día anterior. Cada noche mueren para volver a vivir a la mañana siguiente. Mueren a medianoche, y despiertan cuando el sol se asoma en el horizonte.
—¿Y por qué dices que son reencarnados de Egipto? —preguntó el más joven.
—Porque eso pasó en Egipto, antes de que los pantalones existiesen, amigo mío.
Una historia escalofriante. Pero eso sí, Drake no sabía el por qué se le habría ocurrido ese nombre tan horrendo. Él no era así con las mujeres, sólo las cortejaba, ni que fuera un asesino…
—Drake —le llamó Megan—, ¿quieres dejar de fantasear de una vez? La tripulación espera tus órdenes.
Hawks dirigió su mirada hacia el barco, viendo en él a los hombres que compartirían su aventura más atrevida y peligrosa. Unos hombres que, se fijó Hawks, esperaban sus órdenes desesperados por la lentitud de su capitán.
El hermano menor subió al navío junto a su hermana, y cuando estuvo en él, ocupó su puesto en el timón, y Megan se colocó a su lado. A continuación, el capitán dio su primera orden:
—¡Levad las anclas y desplegad las velas! ¡Todo el mundo a sus puestos!
El movimiento cobró vida en el navío. Algunos se encargaban del ancla, y otros de las velas. Había otros que empezaron a sacar las armas y a entrenar. Hawks sonrió orgulloso, y entonces vio a la señorita Preston empezando a subir por las cuerdas hacia el puesto de vigía, donde aún no había nadie, y se preguntó, frunciendo el ceño, cómo había llegado tan rápido allí. Con un elegante movimiento que no había previsto, bajó las escaleras y se dirigió al camarote del capitán, no sin antes llamar a su hermana. Esta, que ya estaba a mitad del tramo, volvió a bajar, esta vez de un gran salto, y siguió a su hermano, un poco molesta, hacia el interior del camarote.
—Cierra la puerta —le pidió Drake, acomodándose en la silla que había detrás del escritorio.
La estancia era grande y estaba ricamente decorada: la madera roja conjuntaba con las sábanas del mismo color de la cama que había enfrente del ventanal que daba a la popa del barco. El escritorio estaba situado a la izquierda de la cama y al lado de la puerta de entrada, es decir, en la parte derecha de la habitación, mirándolo desde la entrada al camarote. Constaba también de un armario y algunos muebles más con cajones, y una alfombra de terciopelo verde, con forma redonda, delante de la cama. Enfrente del escritorio, curiosamente, había colocada otra cama, sólo que más pequeña y menos lujosa.
—¿Qué quieres? —preguntó Megan, molesta.
—Bueno, no estaría mal ir en una dirección concreta, ¿no crees? —opinó Hawks.
—Claro —acordó ella.
Los dos hermanos quedaron en un incómodo silencio, esperando a que el otro dijese algo.
—¿Y bien? —exigió el capitán.
—¿Y bien de qué? —cuestionó Preston, confusa.
—¿Vas a decirme qué rumbo tomar? —preguntó cansado Drake.
—¿Yo? ¡Tú eres el capitán! —exclamó ella.
—Pero dijiste que sabías lo que significaba la profecía. ¿Me has engañado, acaso?
—¿Qué? En ningún momento dije eso —Drake alzó las cejas, exigiendo una explicación—. Dije que me necesitabas para descifrarla —él levantó las manos con la palma hacia arriba y los codos doblados hacia abajo, e hizo una mueca—. No es lo mismo.
—¿Ah, no? —se burló él. Ella negó—. Está bien. Entonces, ¿en qué me puedes ayudar, eh, preciosa? —preguntó Hawks, burlándose de su hermana.
—Sé quién sabe el significado de la profecía.
—Eso lo podría haber averiguado yo solo —se quejó Hawks.
—¿Cómo, si todas las que sabían el secreto están muertas, eh, precioso? —cuestionó Megan, imitando a su hermano.
—Así que muertas… Está bien —aceptó molesto Drake—. Pero… ¿muertas? ¿Eran mujeres? —preguntó, sorprendido.
—Claro. ¿Por qué crees que perseguían a madre? Escucha, nadie más lo sabe. Nuestra madre me lo confesó antes que la asesinaran, y ni siquiera padre lo sabe. Así que estate callado, o tendré que matarte. Y sabes que estoy deseando hacerlo desde hace tiempo.
Drake alzó las manos con las palmas en dirección a su hermana, y manteniéndolas a la altura de su pecho.
—No diré nada —prometió.
—Está bien —aceptó Megan, dudosa—. La única persona que sabe resolver la profecía es… —a continuación, bajó la voz y se acercó a su hermano, agachándose por encima del escritorio, causando que su hermano acercase el rostro al suyo, también por encima de la mesa—... Dryton.
Hawks se retiró con brusquedad.
—¿Dryton? ¿El joven dueño del barco? —preguntó, con sus pequeños ojos muy abiertos.
—¡Claro que no! Yo me refiero al capitán Dryton, a Menes Dryton.
—¿El maldito? —preguntó, aún más sorprendido. Ella asintió—. Debes de estar loca. Eso es una leyenda, Megan. Madre te engañó. Porque, por ejemplo, si es egipcio, ¿por qué tiene apellido inglés? —se burló molesto Drake.
—Su padre era un comerciante inglés buscado por la ley, que después que Menes naciese, mató a su madre para que no hubiese testigos de su cara.
Hawks alzó las cejas y resumió sus labios en una fina línea.
—Buena excusa. Pero no existe la leyenda. Y si existiese, significaría que las sirenas también existen, y eso no puede ser. ¿Verdad? —añadió, no muy seguro de lo que decía.
—Bueno, a lo mejor es una sirena lo que necesitamos. Según lo que me han dicho a mí… —le tentó la señorita Preston.
—¿Qué te han dicho? —preguntó ansioso él.
—No creerás que soy tan estúpida de decírtelo, ¿verdad? Sé que eres capaz de dejarme en el siguiente puerto si te lo digo —adivinó Megan, apoyándose en la mesa con las manos.
Su hermano le dedicó una sonrisa irónica.
—Está bien, digamos que te creo —empezó Drake, volviendo al tema que le interesaba—. ¿Dónde le encontramos? —preguntó.
—De eso te encargas tú —contestó su hermana, saliendo del camarote.
—¡Eh! ¿Cómo? —cuestionó una vez más el capitán.
—¿Por qué crees que Gray protege tanto su espada? —preguntó Preston, contestando a la pregunta de su hermano.
—¿Porque es bonita? —dudó Drake.
—¡Por supuesto que no! ¡La espada localiza a su dueño, memo! Sólo que Gray no lo sabía.
—Entonces llámale a él “memo”, y no a mí —discutió Drake.
—¿Acaso sabes cómo utilizarla? —cuestionó Megan.
—Por supuesto… —afirmó, para después levantarse y salir hacia la cubierta, seguido de su hermana.
Se detuvo en un punto cualquiera y alzó la espada hacia el cielo. Esperó. La espada seguía alzada, y Hawks seguía esperando a que pasase algo mágico. Pero no ocurrió nada. Se aclaró la garganta mientras sacudía suavemente el sable en el aire, dándose cuenta que estaba haciendo el ridículo.
—Consigue un mapa, memo —se burló su hermana, susurrándole en la oreja, para luego darse la vuelta y volver a entrar en el camarote.
—Idiota —murmuró el capitán, insultándose a sí mismo. Entonces, se dio cuenta que sus hombres le estaban mirando, con expresiones confusas y curiosas. Se percató con esto, también, que su tripulación recién construida le había visto dejarse en ridículo a sí mismo, y además, habían visto el control que podía llegar a ejercer su hermana en él—. ¿Qué miráis? ¡Todos a trabajar! —ordenó, mientras bajaba la espada—. ¡Excepto tú! —exclamó, refiriéndose a un joven rubio—. Tú, tráeme un mapa… Eh…
—Dryton —contestó el joven, ante la duda de su capitán.
—Eso —afirmó Hawks, viendo cómo el joven, más o menos de su misma edad, se daba la vuelta para conseguirle un mapa.
“Vaya apellido”, pensó Drake, pensando si habrían confundido alguna vez a ese chico y su hermano con el capitán maldito. A lo mejor eran familia… No, no podía ser. Eran demasiado jóvenes. Además, sería mucha casualidad que se hubiesen subido al barco que iba expresamente a verle. Era prácticamente imposible.
Hawks se dirigió de nuevo hacia el camarote, y al entrar, anduvo hacia el escritorio, y mientras se sentaba, preguntó a Megan si sabía algo más acerca de Dryton.
—No, no se sabe mucho más de él. Desde la maldición, ha vagado por los mares sin poder pisar tierra. ¿Por qué lo preguntas? —se extendió ella durante su explicación.
—Por saber si tenía algún punto débil, porque no creo que nos diga lo que necesitamos sólo por pedírselo —se excusó Hawks.
Megan asintió, acordando así con su hermano.
—Señor, aquí traigo el mapa que me pidió —anunció Allan Dryton, entrando en el camarote.
Se dirigió hacia el escritorio, y extendió el mapa sobre él. Después, Hawks le ordenó retirarse, y que cerrase la puerta cuando saliera. Allan obedeció, y los hermanos volvieron a quedarse solos, observando el mapa.
—Bien, atiende —le aconsejó Megan, mientras se preparaba para explicarle a su hermano los pasos que debía hacer para que la espada le pudiese indicar el lugar donde se encontraba su dueño: Menes Dryton.
Cuando Drake tuvo entendido el procedimiento, no muy complicado, procedió con él. Clavó la espada en el mapa, justo en el punto donde estaban situados ellos, y luego, pronunció las siguientes palabras:
—Otracri Sanenua Prodeuq Saralamótidy.
Entonces, la espada empezó a deslizarse por el mapa, rasgándolo, hasta detenerse en un punto concreto de este. Los dos hermanos se inclinaron hacia este punto para verlo mejor. Eran unas islas situadas en la costa africana, llamadas islas Canarias.
Los dos hermanos alzaron el rostro a la vez, y se miraron el uno al otro. Drake sonrió.
—Ya tenemos rumbo —celebró.
—Sí —coincidió Megan—, y un mapa rasgado —añadió, alzando el mapa a la altura de sus rostros.
—Oh, vamos, empieza a mirar el lado positivo de las cosas —aconsejó el capitán, mientras andaba hacia la puerta del camarote—, o vas a acabar deprimiéndote —añadió, justo antes de salir a cubierta.
—Ya estoy lo bastante deprimida contigo en el barco —murmuró ella, como respuesta.
De repente, la cabeza de su hermano de asomó por la puerta, y la miró con crítica en los ojos.
—Te he oído —le advirtió él, antes de desaparecer de nuevo.
Ella sonrió. Era la primera vez en el viaje recién iniciado que la hacía sonreír, lo cual le sorprendió. La verdad es que había olvidado cómo era tener un hermano pequeño, o más concretamente, había olvidado lo que era tener a Drake como hermano. Los dos eran tan iguales, pero tan distintos a la vez… Megan se dio cuenta que, todo este tiempo que su hermano no había estado con ella, esta le había echado de menos, aunque hubiese hecho lo que había hecho. Al fin y al cabo, seguía siendo su hermano.
Los marineros estaban un poco intranquilos. Reunidos en cubierta, hablaban sobre el capitán mientras hacían los últimos retoques del barco.
—Es demasiado joven. Seguro que no tiene ninguna experiencia —decía uno de ellos.
—Pero he oído que ha dominado muchos barcos capitaneados por hombres sanguinarios —contradecía otro.
—Eso son leyendas —afirmó el primero.
—Además —añadió otro—, aún no sabemos el rumbo. ¿Creéis que él lo sabe?
—Seguramente, no —contestaba Allan, el joven rubio hermano de Shane, el dueño del barco.
—¿Queréis callaros? Yo me fío de él, o al menos, de momento —les regañó el señor Todd—. Si pasa el tiempo y veo que no sabe capitanear el navío, entonces os lo comunicaré, y estaré dispuesto a hacer un motín —prometió.
El resto de marineros aceptaron la promesa del señor Todd, ya que habían oído grandes hazañas de él, aunque fuese sólo un marinero y nunca hubiese llegado a capitán. John Todd era un hombre respetado dentro de la piratería, un hombre sabio por los muchos años que había vivido dentro del mundo de los piratas. Era fiel a sus capitanes, y feroz con sus enemigos. Además, su figura imponía respeto y temor, ya que era un hombre bien formado. Alto y abultado: ancho de espaldas, y se notaba que estaba en forma.
—Escuchad todos —les ordenó la voz de su capitán—. Nuestro rumbo es hacia las islas Canarias, unas islas situadas al lado de África. Será un viaje largo, así que no gasten mucho ron, caballeros, porque vamos a necesitarlo para celebrar nuestras victorias —explicó Hawks, apoyado en la baranda de delante del timón, con la segunda de a bordo al control de este último.
Los hombres rieron en imaginarse las grandes victorias que les había prometido su capitán, celebrándolas con botellas y botellas de ron.
—¿Es ese el objetivo, mi capitán? —preguntó una voz joven—. ¿Llegar a las islas para saquear? Y si es así, ¿por qué no hacerlo más cerca? —fue preguntando, mientras salía del cúmulo de la tripulación y, finalmente, se establecía en el espacio que había en cubierta entre los hombres y el capitán.
—¿Qué otra cosa hacer, sino? Y además, ¿por qué quieres estar cerca? Os avisé que sería un viaje de aventuras —contestó el capitán Hawks, con una sonrisa forzada.
—Pero eso no es una aventura, es un viaje sin sentido —contrapuso Shane Dryton, siguiendo con su argumento.
—Quizás encuentras allí una mujer que te quiera, Dryton, como no la podías encontrar en otro sitio que estuviese más cerca —se burló Hawks.
—¡Oh! Entonces es por eso, ¿verdad? Ninguna mujer le ha querido hasta ahora, así que ha decidido irse a unas islas remotas en el océano para intentar encontrar a alguien. ¿No es eso un poco ridículo?
—A lo mejor le sería de ayuda aprender a cerrar esa bocaza, Dryton, porque me han dicho que el agua del mar no está muy gustosa —contestó molesto Drake.
—¿Eso es porque ya la ha probado? ¿Qué mujer le tiró al agua?
Entonces se oyó un disparo. Drake sostenía el arma en la mano, en dirección a Shane, al que le faltaba el sombrero en la cabeza, tirado al suelo por el impacto del disparo, mostrando así a un Shane sorprendido y asustadizo, con un pañuelo en la cabeza ocultándole el pelo.
—Hoy limpiará usted el navío de arriba abajo, y ayudará al cocinero a fregar los platos —ordenó Drake, enfurecido.
Shane recogió su sombrero del suelo y se lo colocó. Miró desafiante a su capitán, y seguidamente, se dirigió a la bodega para empezar a limpiar.
—Los demás, ¿a qué esperáis? El espectáculo se ha acabado —anunció Megan, intentando que el resto de tripulación se retirase a hacer las faenas restantes, o bien a los dormitorios.
La mayoría de los hombres se fueron a los dormitorios, seguramente a jugar a las apuestas.
—Será idiota —se quejó Drake, retirándose a la popa del barco.
Megan fue tras él, después de ordenarle a Allan que se encargase del timón.
—Drake, no debes pelear delante del resto de tripulación… —empezó a aconsejarle ella, pero él la interrumpió.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Decirle “ven, ven, vamos al camarote a hablar”, o algo así?
—Pues sí —afirmó ella. Él la miró irónicamente, mientras guardaba su pistola en el cinto—. Tienes que aprender a comportarte como un capitán pirata, demonios.
—Créeme, yo tengo más experiencia que tú. Hay capitanes peores. —contestó él.
—Si tú lo dices… —dudó ella, retirándose hacia la cubierta.
Drake la observó irse, y después se giró hacia la popa, observando el paisaje que dejaban tras ellos. Se veía Plymouth Dock, muy pequeña en la lejanía, donde había encontrado el medallón y la llave, y los había vuelto a perder. Durante el viaje a las islas, esperaba encontrar el barco del gobernador Gaverts, y dentro de él, a sus hijas, portadoras ahora de las reliquias que él tanto ansiaba conseguir. Se preguntaba dónde podrían haber ido unas jóvenes ricas y hermosas, huyendo de la crueldad de los piratas. ¿Por qué ciudad empezar? ¿En qué país buscar? Drake no lo sabía, pero esperaba que el capitán maldito pudiese responder también a esa pregunta.
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